
Michael Jackson lo llevaba mal en la última década. Se le caía la piel a cachos y la química con la que se había blanqueado el cuerpo lo estaba consumiendo física y mentalmente. Vaya mierda de década para el Rey del Pop.
Michael Jackson llamaba a sus amigos buscando un poco de apoyo, pero la década era vertiginosa y nadie tenía tiempo para ponerse.
-¿Michael Jackson? Dile que estoy de gira. No quiero que me relacionen con un pederasta.
- Presunto pederasta, señor. Por lo de los abogados, lo digo.
- Lo que tu digas, Ambrosio.
Pero Michael Jackson no desfallecía, y lo seguía intentando.
-¿Michael Jackson? Dile que estoy... que estoy... yo qué sé. Inventate algo.
Asi de cara, sus conocidos le estrechaban la mano preguntándole por sus cosas. Pero en los corrillos espalderos, la cosa era distinta.
-El otro día me topé con Michael. Joder, parece un puto muerto viviente. Eso sí que es un zombie, y no lo de thriller.
-Está acabadísimo. ¿Cuanto hace que no da un concierto?
-Ni que graba discos. Es lo que pasa cuando traicionas a tu raza con esa mierda de volverse blanco.
-El karma, que es muy cabrón.
-Y que lo digas.
Cuando Michael Jackson murió, el mainstream que lo encumbró sólo lo nombraba para relacionarlo con pederastia, absurda excentricidad, bancarrota económica e instantáneas de ídolo caído. Finalmente, la presión y la química acabaron con él y, una vez muerto, el mundo empezó a gritar que lo amaba, que el Rey del Pop nunca moriría, y montaron un espectaculo del copón todo repleto de artistas emocionadisimos de sí mismos por estar allí, en ese momento histórico en que se dice adiós a Michael Jackson; el más grande artista de todos los tiempos. El Rey del Pop.
Y Michael Jackson, desde algún lugar les ve, mucho más allá de lo que ellos podrían creer, y dice:
-QUE HIJOS DE PUTA.